Cuando hablamos de la Inquisición, inevitablemente surge una palabra clave: herejía. Pero ¿qué significaba realmente?
El término procede del griego hairesis, que en su origen no tenía un matiz negativo. Simplemente quería decir “elección” y se aplicaba a escuelas filosóficas o corrientes de pensamiento en el mundo helenístico.
Fue San Pablo quien transformó su sentido. En la Epístola a los Gálatas (1, 8-9), escrita hacia el año 54, utilizó haeresis como “división” dentro de la comunidad cristiana. Desde ese momento, anunciar un evangelio distinto al suyo era motivo de anatema y de expulsión de la comunidad.
La definición de herejía en la tradición cristiana
El Diccionario de la Real Academia Española la define como “error sostenido con pertinacia” en materia religiosa.
El escritor e historiador Hilaire Belloc fue más lejos: para él, la herejía es un trastorno del sistema cristiano, una negación de doctrinas fundamentales que, de prosperar, pondría en peligro la esencia de la religión.
Un ejemplo doctrinal
Para comprenderlo mejor, podemos acudir al Evangelio de San Juan. Jesús afirma: “Yo y el Padre uno somos” (Jn 10,30). La Iglesia interpreta estas palabras como la prueba de que Cristo posee naturaleza divina.
Si un católico negara que Jesús es Hijo de Dios, incurriría en herejía. De triunfar esa idea, el cristianismo perdería su fundamento: la redención en la cruz carecería de sentido. No en vano, el Evangelio de San Mateo (7,15) advierte contra los falsos profetas que, bajo apariencia inocente, ponen en peligro la fe.
¿Quién podía ser considerado hereje?
Un aspecto clave: solo los bautizados podían ser herejes.
- Un musulmán, judío o budista no lo eran, porque nunca habían profesado la fe cristiana.
- Sin embargo, un converso sí podía caer en herejía si negaba algún dogma esencial.
Además, para que un cristiano incurriera en herejía debía cumplirse una condición doble: caer en un error doctrinal y persistir en él con obstinación.
La herejía en la historia de Europa
Hilaire Belloc sostenía que toda la historia de Europa puede leerse a través de las sucesivas herejías que se produjeron en el mundo cristiano. No se trataba de simples disputas teológicas, sino de fenómenos que condicionaron la política, la sociedad y la cultura del continente.
En la Antigüedad y en la Edad Media, la herejía se consideraba uno de los peores delitos, equiparable al crimen de lesa majestad. Para romanos y cristianos medievales, negar un dogma fundamental era tan grave como atentar contra el emperador, el rey o el Estado. Pero en este caso, el delito se dirigía contra Dios mismo, considerado la máxima autoridad.