La tortura en la Inquisición española

La tortura en la Inquisición española: mito y realidad

Una práctica común en la Europa de la época

Cuando se habla de la Inquisición española, uno de los primeros temas que aparece en la memoria colectiva es la tortura. La imagen difundida por la llamada Leyenda Negra presenta a los inquisidores como verdugos que sometían a los reos a tormentos atroces, sin medida ni compasión. Sin embargo, el estudio de la documentación histórica permite matizar mucho esta visión, mostrando que la tortura en el Santo Oficio existió, pero estuvo rodeada de estrictas limitaciones jurídicas y canónicas.

La tortura no fue una invención inquisitorial, sino una práctica común en la Europa medieval y moderna. Los tribunales civiles la empleaban con frecuencia para obtener confesiones en delitos graves, y los manuales jurídicos de la época la consideraban una herramienta legítima para descubrir la verdad. La diferencia fundamental es que la Inquisición, a diferencia de otros tribunales, estableció un marco normativo muy preciso para su uso.

Limitaciones jurídicas y canónicas

Los inquisidores solo podían recurrir a la tortura cuando existían ya indicios sólidos de culpabilidad, nunca al comienzo del proceso. Además, debía contar con la aprobación del consejo colegiado y estar supervisada en todo momento. La regla general era que no se podía poner en peligro la vida ni la integridad física permanente del acusado, y estaba prohibido repetirla de forma indefinida. La duración era limitada y, a diferencia de lo que ocurría en los tribunales seculares, los inquisidores solían consignar por escrito lo sucedido, lo que ha permitido conocer hoy los detalles de su aplicación.

Métodos empleados

Entre los tormentos más utilizados estaban la garrucha, que consistía en suspender al reo con cuerdas atadas a las muñecas; el potro, en el que se tensaban los miembros; y el llamado tormento del agua, en el que se obligaba al acusado a ingerir grandes cantidades de líquido provocándole una sensación de ahogo. Aunque duros y dolorosos, estos métodos estaban concebidos más para intimidar que para causar lesiones irreversibles, y su finalidad era arrancar una confesión que confirmase o desmintiese las sospechas de herejía.

La tortura no era la norma

Conviene recordar que en los procesos inquisitoriales la tortura no era la norma. La mayoría de los encausados nunca llegaron a sufrirla. De hecho, los inquisidores eran conscientes de que las confesiones obtenidas bajo tormento podían carecer de valor, por lo que siempre exigían ratificación posterior en frío, sin coacción. Si el reo se desdecía tras la tortura, la declaración carecía de efectos.

La visión de la Leyenda Negra

Pese a estas restricciones, el uso de la tortura en la Inquisición contribuyó a forjar la imagen terrible del Santo Oficio, magnificada después por la propaganda protestante y por los enemigos políticos de la Monarquía Hispánica. La realidad histórica nos muestra un panorama más matizado: la Inquisición empleó la tortura, como lo hicieron todas las instituciones judiciales europeas de la época, pero lo hizo con más control, regulación y garantías de las que solían existir en los tribunales civiles.

Una lectura en su contexto histórico

Hoy, al estudiar este aspecto, resulta necesario comprenderlo en su contexto histórico, sin justificarlo ni condenarlo con criterios actuales. La tortura fue una práctica común en la justicia del Antiguo Régimen, y la Inquisición española, lejos de ser la institución más cruel en su aplicación, fue una de las que más limitó su uso.

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