El Tribunal del Santo Oficio, conocido comúnmente como la Inquisición española, operaba bajo un procedimiento legal y teológico complejo y metódico. A diferencia de la justicia civil de la época, que se basaba en la acusación, el proceso inquisitorial se fundaba en la investigación o inquisitio, con el objetivo principal de obtener una confesión para la salvación del alma del acusado, más que para su castigo.
Inicio del proceso y la denuncia
El procedimiento comenzaba con una denuncia, que podía ser anónima. En los primeros tiempos de la Inquisición, era común que se publicara un Edicto de Fe en una localidad, exhortando a la población a denunciar cualquier acto de herejía. Este edicto venía acompañado de un período de gracia de 30 a 40 días, durante el cual los sospechosos podían autodenunciarse. Si lo hacían, confesando sus errores y mostrando arrepentimiento, a menudo recibían penas más leves, como abjuración pública o penitencias espirituales.
Arresto y el interrogatorio
Una vez que se consideraba que había evidencia suficiente, los inquisidores ordenaban la detención del sospechoso. El acusado era transferido a una cárcel secreta, donde permanecía incomunicado. El secreto era una característica fundamental del proceso; al acusado no se le revelaban los cargos exactos ni la identidad de los testigos que habían testificado en su contra. Este hermetismo generaba una indefensión notable.
El proceso de interrogatorio era prolongado, buscando que el acusado confesara sus delitos. Si el sospechoso se negaba, se le sometía a la tortura. Sin embargo, su uso no era aleatorio; estaba regulado y tenía un propósito estrictamente judicial: obtener una confesión. La tortura no era una pena, y la confesión obtenida debía ser ratificada al día siguiente en un estado de lucidez para ser considerada válida. Entre los métodos más utilizados se encontraban la garrucha y el tormento del agua.
La sentencia y el Auto de Fe
Una vez finalizado el interrogatorio y recabadas todas las pruebas, los inquisidores deliberaban y emitían una sentencia. Las sentencias variaban enormemente:
- Absolución: En raras ocasiones, el acusado era absuelto.
- Penitencias espirituales: Como ayunos y peregrinaciones.
- Penas pecuniarias: Multas.
- Abjuración pública: Era una forma de arrepentimiento pública, a menudo acompañada de la obligación de vestir el sambenito, una túnica de penitente que marcaba al individuo ante la sociedad.
- Prisión perpetua: Confinamiento en una cárcel de la Inquisición.
- Relajación al brazo secular: Era la pena capital. Si el acusado era considerado un hereje impenitente o reincidente, se le «relajaba» a las autoridades civiles, quienes eran las encargadas de ejecutar la sentencia de muerte, generalmente en la hoguera.
Las sentencias se hacían públicas en una ceremonia solemne y masiva conocida como el Auto de Fe. Este evento era una demostración pública de la justicia del tribunal y servía como una advertencia para la población.