revueltas antijudias

El origen de la Inquisición: las revueltas antijudías de 1391

Para entender cómo Isabel I de Castilla y Fernando de Aragón acabaron instaurando la Inquisición, es necesario retroceder a 1391, cuando reinaba Enrique III de Castilla. Aquel joven monarca heredó una crisis marcada por el odio contra los judíos, instigado durante años por el arcediano de Écija, Ferrán Martínez. Este clérigo, convertido en vicario general de la Catedral de Sevilla, ordenó destruir sinagogas y confiscar objetos de culto, alentando el resentimiento popular.

El rey intentó frenar su poder y proteger a los judíos, pero Martínez se negó a obedecer, escudándose en la independencia de la Iglesia. Su prédica encontró apoyo en una sociedad hostil hacia los prestamistas hebreos.

Sevilla, epicentro de la violencia

El 15 de marzo de 1391 estalló un primer ataque contra los judíos de Sevilla, que fue contenido gracias a las autoridades locales. Sin embargo, el 6 de junio la ciudad vivió una gran matanza: unas cuatro mil personas fueron asesinadas, la judería quedó arrasada y la mayoría de las sinagogas destruidas o convertidas en iglesias. Solo se salvaron los que aceptaron el bautismo forzado.

Las palabras que se escuchaban en las calles eran tajantes: “muerte o bautismo”.

La propagación de las matanzas

Lo ocurrido en Sevilla se extendió rápidamente. En Córdoba, una horda irrumpió en la judería y masacró a la mayor parte de su población; en Toledo, el 18 de junio, se destruyeron las sinagogas, como la actual iglesia de Santa María la Blanca y el Museo Sefardí. En Aragón y Navarra también hubo violencia: en Barcelona, el 5 de agosto de 1391, murieron unos 300 judíos y sus bienes pasaron a la Corona.

Aunque Ferrán Martínez fue condenado, el daño estaba hecho. El dilema era claro: reconstruir las aljamas o fomentar la conversión definitiva.

San Vicente Ferrer y el problema converso

El dominico Vicente Ferrer, respaldado por el papa Benedicto XIII, defendió una vía de presión no violenta: limitar los derechos civiles de los judíos, prohibiéndoles ejercer ciertos oficios, portar armas o convivir estrechamente con cristianos. Estas medidas pretendían forzar la conversión a través del aislamiento social.

A pesar de estas presiones, el judaísmo sobrevivió. Muchos prefirieron el sufrimiento antes que renegar de la fe de sus padres, y la Corona, interesada en sus aportaciones fiscales, les ofreció protección intermitente.

Sin embargo, las conversiones masivas de 1391 habían creado un nuevo problema: los conversos. Sospechados de judaizar en secreto, eran objeto de odio por parte de los “cristianos viejos”, que los insultaban con términos como marranos o alboraiques. Esta tensión social y religiosa acabaría siendo uno de los argumentos clave para los Reyes Católicos a la hora de fundar la Inquisición: no tanto contra los judíos abiertos, sino para vigilar la sinceridad de los bautizados.

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